sábado 22 de marzo de 2008

Senilcienta Una Cenicienta muy particular


Cuento Senilcienta

En una casona de estilo colonial, en las afueras de la ciudad, vivía con su madrastra y dos hermanastras, tan feas como malvadas, Senilcienta. Allí, había pasado toda su vida, era la casa de su padre, el ingeniero Arnoldo Senilciento, quien falleció cuando ella era aún muy pequeña.

Ahora tenía 60 años y debía, como siempre, realizar todas las tareas del hogar: limpiar, lavar, planchar, cocinar, barrer y otras tantas que se le ocurrían constantemente a su horrible y maléfica madrastra.

Una mañana de primavera, en que se hallaba lavando las sábanas, escuchó que llegaba un mensajero del Rey invitando a todas las mujeres solteras ,al Gran Baile del palacio, donde el príncipe heredero elegiría esposa.

Esa tarde, vio asombrada a sus hermanastras, locas de contentas, prepararse para acudir al evento. Flora, la mayor, eligió un vestido con estampado “animal-print”, que hacía juego con lo bestia que era, mientras Perla, la menor, se decidió por un ajustadísimo vestido negro con plumas de avestruz que en ella parecían de pavo.

La madre enloquecida con la fiesta, mandó a llamar a la mejor maquilladora del reino, Regina Kulikoski, quien por más que lo intentó, no logró embellecerlas ni un poquito.

Antes de salir se miraron satisfechas en el espejo y subieron al Fiat 600, que las esperaba, después que tanto Senilcienta como su madrastra lograran empujarlas hacia adentro del automóvil que partió a duras penas echando un humo negro atemorizante.

La pobre Senilcienta se encerró en su pequeña habitación, que no tenía calefacción, ni aire, ni TV, ni video, ni equipo de música, ni Wi Fi, ni ventana siquiera, a llorar desconsolada pues le habían prohibido acudir al baile.Pero su Hada Madrina sintió tanta pena por ella, que decidió olvidarse de sus creencias feministas en contra de tomar a la mujer como un objeto y decidió ayudarla.

Se presentó presurosa y antes de que Senilcienta pudiera decir una palabra, con unos toques mágicos de su barita, la vistió con un Luís Viutón auténtico, la calzó con sandalias plateadas de Riki Sarnaki y la hizo peinar por Roberto Giordanco. Al mirarse en el espejo Senilcienta no se reconoció y su sorpresa fue aún más grande cuando su Hada tomó un zapallito y un ratón que por allí pasaba y los convirtió en una gigantesca limousine con chofer.

Al llegar al baile, el príncipe se le acercó de inmediato y bailaron toda la noche, pero cuando las campanas del reloj de palacio comenzaron a dar las 12, recordó lo que su Hada Madrina le había dicho: “El hechizo desaparecerá con la última campanada de las doce de la noche”.

Corrió sin despedirse del príncipe y al bajar las escaleras, con cuidado, porque sufría de reuma en las rodillas desde hacía unos años, perdió una de sus sandalias.

Apenas llegó a la casona el hechizo desapareció, pero ella se acostó a dormir feliz por la noche pasada y por el dolor de espaldas que tenía de tanto bailar.

A la mañana siguiente la despertó un gran alboroto, era el príncipe que buscaba a la dueña de la sandalia para pedirle matrimonio.

Cuando llegó su turno de probársela, no pudo calzarla pues tenía los pies hinchados por retención de líquidos.

El príncipe se alejó buscando a su amada y Senilcienta, con los ojos llenos de lágrimas, se prometió comenzar la dieta baja en sodio que el Dr. Colmillot le había recetado.

Y colorín colorado

Este cuento se ha acabado

Senilcienta no se ha casado

Pero sí ha adelgazado.