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domingo, 20 de marzo de 2011

VERSIONES DIFERENTES DE CUENTOS TRADICIONALES II


Sabes, yo sé todos los cuentos

Era una tarde lluviosa la de aquel día, cuando Ricardo correteaba por la casa de los abuelos con el balón ¡¡Dale que te pego!!
-Cariño- dijo la abuela - ¿por qué no vienes y me cuentas un cuento?
-¡¡Ya mismo voy abuelita!!- Respondió el niño- voy a hacer un remate de cabeza y enseguida te cuento un cuento. Tú sigue meciéndote en tu silla.

Tan pronto como hizo el remate de cabeza contra una de las ventanas, que estuvo a punto de caer hecha añicos, se presentó ante su abuela.
-Aquí estoy para contarte el cuento, abuelita. Pero vas a estar callada ¡¡porque no te pienso repetir ni una palabra!!
Asintió la anciana con la cabeza y una hermosa sonrisa, complacida ante la buena voluntad del futbolista en pañales.
-Sabes, yo sé todos los cuentos- dijo Ricardo, pero sólo te contaré uno.
-¡¡Como quieras, cariño!!

Hace muchos miles de años, como chochomil, vivía en un país que estaba en el quinto pino, una pobre viejecita sin nadita que comer, era amiga de una niña que vivía en el Polo Norte y se llamaba Caperucita Roja que era regordeta y muy envidiosa. Tenía dos hermanas tan feas como ella. Una se llamaba Blancanieves y la otra, Ricitos de oro. También tenía un paje con cara de patito feo, que llegó a su casa un día de otoño porque los padres no lo querían por horrible y ellas, las tres hermanas, lo acogieron como paje para darse importancia con las vecinas.

Las tres hermanas no tenían papá porque se lo había comido un ogro tremendo, una vez que se disfrazó de gato y se puso las botas de las mil y una leguas, y se fue en busca de unos grillos llamados liliputienses, que decían eran muy sabrosos asados o en la sopa.
Pero el papá de estas chicas se confundió de ciudad y caminando, caminando…se metió en la casa del ogro, que se lo zampó con todo y botas.
Claro que el ogro se puso muy malo, con unos eructos tremendos y tuvo que tomar una agüita de manzanilla para el dolor de barriga porque las botas le cayeron pesadas.
Entonces, por eso, ellas se quedaron huérfanas de padre y vivían con su mamá, que era viuda y trabajaba de Bruja en una casita de chocolate dentro del centro comercial.

Caperucita Roja, Blancanieves y Ricitos de Oro querían ayudar a su mamá, ya que con lo que ganaba como bruja, no le alcanzaba para mantener todos los gastos de la casa y a sus tres hijas, que gastaban mucho en cosméticos, -así como la prima Mercedes, que se pinta tanto para no verse tan fea- remató Ricardo y continuó su versión de los hechos.

Las chicas pensaban conseguir unos esposos ricos, ojalá, príncipes o reyes. Entonces, se les ocurrió preguntar a su amiga, la pobre viejecita sin nadita que comer, seguro que ella les daría una idea buenísima.
Fueron donde la anciana que les dijo como ir hasta el país de Las Maravillas por el camino largo, nunca por el camino corto porque les saldría Gulliver, que era malísimo y detestaba a las niñas feas.

Se fueron las tres cantando y recogiendo flores por el camino largo, cuando de repente detrás de un árbol unas voces les dijeron: -¡¡Adiós guapas!!
Muy sorprendidas las tres hermanas, se detuvieron bajo las verdes ramas que las mecía el viento y se encontraron con los tres cerditos, ni más ni menos, con quienes entablaron charla y siguieron el camino.
Más adelante, en el siguiente pueblo, conocieron al Enano Saltarín, muy amigo de una Reina despistada.
El enano, lo mismo que la anciana, les recomendó ir al País de Las Maravillas; seguro que allí encontrarían buenos maridos para casarse y salir de pobres, porque en su reino el rey estaba casado con su amiga, la despistada y el príncipe todavía era un bebé.

Las tres chicas y los tres cerdos, detuvieron a un camionero que pasaba por el pueblo para preguntarle por el famoso País de Las Maravillas; el conductor les dijo que iba para allá, y si querían subir junto con las gallinas que transportaba los llevaría gratis, pero por el camino corto. A ninguno le importó y subieron todos al camión.

Después de un rato, el vehículo se detuvo y otros pasajeros se sumaron al viaje. Eran siete enanos del bosque que iban a una fiesta organizada por el Lobo feroz en la casa de chocolate donde trabajaba de bruja, la mamá de las chicas. Los enanos no querían ir al País de Las Maravillas porque ya lo conocían y querían ver otros lugares.

-¡¡No puede ser!!- Dijeron las tres hermanas-, todo este viaje con estos marranos y estas gallinas para volvernos sin ir al lugar ideal donde pescar un buen marido ¡¡Ni hablar!!
Pero los enanos, que se pusieron furiosos, no permitieron que el camionero siguiera hacia el País de Las Maravillas y regresaron al pueblo de las tres chicas por el camino corto. Aunque ellas iban pataleando y dando gritos igual que los tres marranos.

Había una gran piñata en la casita de chocolate del centro comercial y estaba el Rin Rin Renacuajo bailando con Cenicienta, que se quería casar con él para ir a vivir a una charca porque ella no tenía piscina en su casa.
El lobo feroz, que era el esposo de la Pobre viejecita sin nadita que comer, había llamado a Hansel y Gretel para sazonarlos y prepararlos asados con papas y guacamole, pensaba servírselos a su esposa, la viejecita hambrienta.

Las tres hermanas no pudieron ir al país de Las Maravillas y entonces se quedaron solteronas,-igual que tu hermana, la tía Concha- dijo el niño y siguió contando.

Los cerdos, después de la piñata, volvieron a subir al camión junto a los enanos, que iban para su casa del bosque donde están los grillos liliputienses, esos que no encontró nunca el papá de las chicas, pero los cerditos creían que podrían ser un buen alimento para ellos y a lo mejor hasta dietéticos, –como esas cosas que come mi mami para no engordar- añadió el astuto cuentacuentos- Y ya sabes, abuelita, que no es el lobo Feroz el que se come a los niños. Sino las pobres viejecitas sin nadita que comer. Menos mal, tú, si tienes que comer porque si no ¡¡pobres de nosotros, tus nietos!!

Y la abuelita que no paraba de reír, abrazó al pequeño Ricardo y le dijo:
- Desde luego, mi cariño, tú si sabes bien todos los cuentos y la verdad sobre el señor Lobo Feroz. No como yo, que he tenido que esperar a ser una viejita para que un niño como tú, me dijera de un solo jalón, la verdadera historia. ¡Ahora me siento muy feliz!

Ricardo no terminó el cuento diciendo, Colorín colorado, o un, dos, tres, te lo cuento otra vez, no.
Simplemente, tomó su balón bajo el brazo y estampó un beso en la mejilla de su abuela prometiéndole:
-Si te portas bien, abue, un día de estos te cuento más.

Y se marchó dando patadas al esférico amigo, que seguro había escuchado a Ricardo contar otras veces, todos los cuentos del mundo.

© Zandra Montañez Carreño
Febrero 3 de 2008