jueves, 7 de abril de 2011

VERSIONES DIFERENTES DE CUENTOS TRADICIONALES V


¡Qué ensalada hizo la abuela!

La abuela Eulogia sentada en el sillón, esperaba que sus nietos se acomodaran a su alrededor. Era de noche y había llegado la hora de los cuentos. Con voz calma comenzó a decir:
“Una mañana de sol, Blancanieves recogía fresas en el bosque y cantaba radiante: Lucy in the sky with diamonds, Lucy in the sky with diamonds. Cuando oyó algo extraño:
           -¿Qué es eso? Parece alguien que llora... –se dijo.
     -¡Qué desdichada soy!- sollozaba una joven harapienta sentada en un tronco caído.
   -¿Por qué estás llorando? – preguntó Blancanieves
            -Mis hermanastras se están preparando para ir al baile del palacio y a mí no me van a  llevar. No tengo vestido de fiesta y no quisieron comprarme.
-Yo soy Blancanieves ¿Y vos cómo te llamás?
-Me dicen Cenicienta.
-¿Nadie te puede prestar un vestido?
            -No, no conozco a nadie, vivo en la cocina trabajando.
            En ese momento pasaba una niña con una caperuza roja. Se detuvo interesada en lo que ocurría.
            -Yo sé que es mala educación escuchar las conversaciones de los adultos, pero no pude dejar de oír el llanto y lo que decían. Mi abuela es modista y puede coser un vestido muy rápido. Puedo ofrecerles su ayuda.
            -No solo hace falta una modista, sino también tela y... – decía Cenicienta cuando Blancanieves la interrumpió:
            -Yo tengo una tela de encaje bordada con hilos de oro, una diadema de brillantes y zapatitos de cristal. Eran de mi madre. Además en casa hay una máquina de coser. La uso para arreglar la ropa de los enanitos.
            Cenicienta negó con un gesto:
            -Les agradezco a las dos, son ustedes muy buenas. Pero no puedo ir al baile con un vestido bordado con hilos de oro, diadema de brillantes y zapatos de cristal... ¡Caminando!
            Blancanieves, rápida, respondió:
            -¡No necesitas hacerlo! Mis queridos enanitos guardan un carruaje antiguo, claro, está un poco viejo y oxidado... ¡Ellos lo pondrán en condiciones! Además, Pulgarcito, nuestro vecino, tiene un caballo de tiro color negro azabache. Sé que lo prestaría si yo se lo pidiera.
   -¡Viva! ¡Está todo resuelto! -dijo Caperucita -Mañana podrás ir al baile. Voy a buscar a mi abuela y la traeré aquí. Siempre me distraigo por el bosque, pero hoy correré para ganar tiempo.
Ya partía como una bala cuando Blancanieves exclamó:
   -¡Esperá!, usá mi bicicleta. Harás más rápido
Caperucita se alejó pedaleando a toda velocidad Al llegar a la casa entró como un huracán:
-¡Abuela, necesito que me acompañes!
-Mi querida me has asustado…no te esperaba tan temprano. ¿A dónde querés que te acompañe?
-A la casa de Blancanieves. Cenicienta necesita un vestido para el baile del rey. Y yo le prometí que vos lo ibas a hacer…
-Por supuesto. ¡Vamos a ayudar a esa chica…Ce…Ce…o cómo se llame! –dijo la abuela saltando de la cama.
- Cenicienta.
Cargó sus anteojos y el costurero, y subió en la bicicleta detrás de Caperucita que, pedalea y pedalea, regresó a la casa de los enanitos.
            Comenzaron a trabajar de inmediato.
  La abuela cortaba la tela y cosía con la ayuda de Cenicienta.
Caperucita terminaba los bordes de las costuras y las planchaba.
Blancanieves preparaba la cena para los enanitos y las invitadas, mientras cantaba: Let it be, let it be...
   Después de cenar y recuperar fuerzas los enanitos estuvieron dispuestos para arreglar el viejo carruaje.
Primero lo sacaron del garaje y lo llevaron a un patio iluminado.
  Luego, los siete comenzaron la tarea mientras cantaban Yellow submarine, yellow submarine  moviéndose al ritmo de la música.
Quitaron el óxido, pusieron en condiciones las ruedas, tapizaron los asientos con pana roja que Blancanieves había comprado para hacer cortinas. Finalizaron la tarea aplicándole tres capas de pintura dorada. El carruaje quedó reluciente, digno de una verdadera reina.
   La abuela, a pesar del apuro, tuvo tiempo de hacer un traje para uno de los enanitos con la tela que sobró del tapizado.

              A la noche siguiente estaba todo preparado.
   Cenicienta, bañada y perfumada, con su cabello rubio recogido con la diadema de diamantes.
El vestido, se adaptaba a su cuerpo, y destacaba sus formas. La falda caía elegante y terminaba en un volado, por debajo del cual se asomaban los zapatos de cristal. Sus únicos adornos eran su rostro fresco y la diadema.
Viéndola así nadie hubiese reconocido a la andrajosa joven que el día anterior lloraba desconsolada en el bosque.
El carruaje estaba dispuesto. Uno de los enanitos, con su traje rojo, esperaba en el pescante.
El caballo lucía su magnífico porte, cepillado y tan brillante que reflejaba la luna.
Cenicienta partió hacia el baile”.

            A esta altura del relato los nietos miraban preocupados a la abuela Eulogia y se preguntaban qué estaba pasando, pero ella, imperturbable, continuó:

          “Cuando el lobo feroz llegó a la casa de la abuela de Caperucita  golpeó la puerta. Al no tener respuesta, insistió, diciendo con voz de niña:
           -Abuelita, abuelita, soy yo, Caperucita, que he traído tu comida.
           Como nadie le respondió volvió a golpear una y otra vez hasta que, cansado, abrió la puerta... y encontró la casa vacía.
            -¿Y ahora qué voy a hacer, a quién voy a comer? –se lamentó.
         Confundido por la situación vagaba por el bosque, cuando vio a una mujer que se acercaba llevando una manzana y un espejo con el cual hablaba.
El lobo se ocultó.
            -Espejito, espejito ¿hay alguien más hermosa que yo?
            El espejo respondió:
            - Sí, hay dos. Blancanieves, que vive con los enanitos, y Cenicienta, que se prepara para el baile del Rey.
           -¿Cómo? ¿Ahora hay dos?- y con rabia tiró el espejo que se multiplicó en mil espejos pequeños.
Al verla distraída el lobo salió de su escondite, saltó sobre ella y la devoró.
Luego, cansado, se acostó para hacer la digestión bajo la sombra de un árbol.
           -Tenía mucha hambre, no podía esperar que vuelva la abuela, pero esta mujer me cayó mal, tenía gusto amargo y me dio acidez. –dijo masajeándose en la panza.
          
           Mientras tanto, en la casa de Cenicienta, su hada madrina la buscaba protestando:
           -¡Cenicienta!... ¿Dónde se habrá metido esta chica? ¡Tanto querer ir al baile y ahora desaparece! ¡Cenicienta!¡Cenicienta! –decía mientras revisaba las habitaciones.
          Uno de los ratones de la cocina le contó:
          -Ayer se fue llorando al bosque y no volvió.
          El hada salió al bosque. Caminó, caminó, caminó sin ubicarla.
         La búsqueda inútil le aumentó el mal humor, tanto, que sin darse cuenta, iba golpeando con su varita mágica lo que se cruzaba en su paso transformándolo.
   -Si no la encuentro ¿cómo voy a llegar a ser famosa? -se preguntaba, mientras seguía dando varitazos mágicos a derecha e izquierda. Fue así que tropezó con el lobo dormido y lo convirtió en un sapo saltarín que se alejó croando en busca de una laguna”.

           “Temprano, Blancanieves salió al bosque a juntar flores para adornar la casa. Estaba  preparando un ramo cuando sintió:
            -Love, love me do, you know I love you, I´ll always be true, so please love me do –un joven cantaba y caminaba por el bosque.
           -¡Oh! Le gustan los Beatles como a mí - pensó Blancanieves y se escondió a observarlo.
Él la vio, y se acercó por detrás diciéndole:
           -¡Hola!
Blancanieves pegó un salto.
           -¿Quién sos? –preguntó ella.
           El príncipe la miraba embobado con los ojos en blanco.
           -Pregunté quién eras –volvió a decir mientras su corazón se volvía un tambor.
           -Un príncipe que busca una joven en una caja de cristal. El astrólogo de mi reino dice que será mi esposa. ¿No viste una joven en una caja de cristal?
           -No, me temo que no esté por acá
           El joven sacó un papel arrugado de su bolsillo y leyó:
           -Se llama Blancanieves y cayó desvanecida al morder una manzana.
            -Yo soy Blancanieves. Y no estoy desvanecida.
            -¿No mordiste la manzana?
            -No, ni la mordería. Las manzanas no me gustan.
-Eso está muy mal, las manzanas son muy buenas para la salud.
            -Así que sos un príncipe... ¿Te gustan los Beatles? –dijo Blancanieves.
            -Mucho. Tengo todos sus CDs y películas.
            -¿Y qué dijo el astrólogo de nosotros?
            -Que veía nuestro futuro lleno de música... A propósito ¿querrías ser mi esposa?
            -¡Síííí! -respondió suspirando, y agregó- acepto ser tu esposa, pero me gustaría que los siete enanitos vivieran con nosotros. Han sido muy buenos conmigo.
            -¡Okay! ¿Por qué no? -dijo encogiéndose de hombros, mientras se preguntaba quiénes serían esos siete enanitos y si les gustaría los Beatles.
           Y se alejaron por el camino cantando a dúo: I want to hold your hand, I want to hold your haaannndd…”

          La abuela Eulogia continuó la narración ante sus cada vez más sorprendidos nietos.
         “Los salones en el palacio real estaban iluminados; los invitados vestidos con elegancia, las mujeres lucían las joyas más antiguas y caras de la región.  Muchas de las jóvenes presentes eran princesas o herederas de las familias más respetadas del reino. Se decía que esa noche el príncipe escogería a su futura esposa.
         Cenicienta bajó del carruaje y se acercó a un señor de uniforme ubicado en la puerta.
         -¿Su invitación por favor? –pidió éste.
         -¡Oh!...no tengo...digo...no la traje...me la olvidé.
         -Sin invitación no puedo dejarla pasar, se corre el rumor que una impostora querrá entrar entre la realeza.
         -¿En serio? Pero…¡yo soy una princesa!
         -Llamaré a mi jefe.
        Se acercó un joven muy apuesto en uniforme militar.
        Cenicienta preguntó:
        -¿Sos el príncipe?
        -No, soy el jefe de la guardia del palacio.
        -Merecería serlo ¡Qué bien está! –pensó.
        -La señorita no tiene la invitación – dijo, severo, el portero.
       El jefe la miró entrecerrando los ojos, tomó distancia y volvió a deslizar su mirada sobre ella con lentitud, finalmente dijo:
       -Pase, preciosa, digo... princesa.
       Cenicienta, ruborizada, le agradeció inclinando su cuerpo mientras le hacía una caída de ojos.
       Y con toda la elegancia y esbeltez de una princesa, entró al salón.
       Un murmullo se escapó de los labios de los presentes y todos los rostros giraron para verla.
        El príncipe sonrió y supo que era ella a quien esperaba. Colocó lo que comía en el plato y se limpió la boca con su manga.
        Se acercó y le dijo:
        - ¿Bailarías conmigo este vals?
         -¿Vos sos…? –preguntó Cenicienta, mirándolo de arriba abajo y de derecha a izquierda, deteniéndose en las manchas de grasa de sus ropas y en su bigote con crema.
          La verdad no era feo, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Su cara era simpática con un bigotito oscuro sobre el labio fino.
        -Soy el príncipe –respondió orgulloso. La tomó en sus brazos para bailar y sin querer eructó fuerte.
        -¡Noooo! –respondió Cenicienta espantada, mientras corría hacia la salida y dejaba atrás un zapatito de cristal.
       Una vez afuera, gritó:
       -¡Señor jefe de guardia! ¡Señor jefe! ¿Dónde está?

       Después de un tiempo se celebraron dos bodas: la de Blancanieves con el príncipe fanático de los Beattles  y la de Cenicienta con el jefe de guardia del palacio.
       Algunas personas cuentan que Caperucita Roja también conoció a un príncipe...pero esa es una historia para otra noche.  Ahora: colorín colorado,  con la música de los Beatles y algo mezclado este cuento se ha acabado.- concluyó la abuela Eulogia y comenzó a cantar: Little child, little child, Little child, won't you dance with me? Mientras tomaba de la mano a su nieto menor y comenzaba a bailar.
 
        -Abuela, a mi me gustó mucho, pero los cuentos no eran así. –dijo el  pequeño.
        -Lo sé, mis queridos -dijo guiñándoles un ojo- Pero tuve un momento de repentina inspiración.  Y se rió a carcajadas contagiando a sus nietos
Gloria Canal