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lunes, 27 de junio de 2011

CUENTO EXTRATERRESTRES EN LOBOS




Esa tarde de verano hacía mucho calor.
Estábamos jugando carreras de bicicletas con Agustín y Santi cuando llegaron Nacho y Lucho , nuestros vecinos de Lobos.

– ¡Hola, Nicolás! – me saludaron los chicos. –¿Vamos a jugar al fútbol?
– Bueno, dale.

Buscamos la pelota y comenzó el picadito entre todos los que estábamos allí. Apareció también mi hermana María José, que juega muy bien al fútbol, y se sumó al partido.

¡Gol! ¡Full! ¡¡Penal!! ¡Mano! ¡Qué partido más enredado! Después de jugar como dos horas, preparamos el licuado de banana con leche y hielo molido que hacíamos en casa. Santi no quería tomar porque no le gustaban las bananas.

– Probálo, Santi. Está hecho con bananas de Egipto.
– ¡Uau! –dijo Santi, y se tomó cuatro vasos sin parar. – ¡Qué rico! Le voy a pedir a mi mamá que me lo haga.

Nosotros nos reíamos a escondidas de la mentirita que le habíamos dicho, pero, al fin del cuentas, le había venido bien porque era un capricho eso de no comer bananas. Cuando terminamos con el licuado y los panes con dulce de ciruela casero que había hecho mamá, salimos a la galería y Agustín encendió la radio. Entonces empezamos a escuchar unos ruidos extraños… uuu, shhhhhhh, uuu, shhhhh…

– ¡Oigan! Esto es muy raro. Nunca había escuchado algo así.

En ese instante se oyó una voz muy finita que decía:

– ¡Atención terrícolas: somos extraterrestres, del planeta Bolazus Cósmicus, y queremos aterrizar en Lobos, en la cancha de polo que hay allí.

– ¡Tengo mieeeedoooo! –balbuceó Nacho. – La cancha de polo está a dos cuadras de acá.
– ¡Terrestres, respondan! ¡Estamos a mil metros de altura!

Nicolás respondió:

– ¡Aquí los terrícolas respondiendo a su llamado. ¿Qué necesitan?
– Queremos muchos perros, porque nos gusta comer perros. ¡Lleven a la cancha de polo todos los perros que tengan y nos iremos en paz!
– ¡No! –gritamos todos– ¡Los perros no! ¡Nacho! Llamá a Tom, a Napoleón y a Lula y escondelos en la casa.


Nacho salió corriendo, juntó a los perros uno por uno y los metió en la casa. Después se subió a la bicicleta y se fue disparado para la suya. Atrás lo seguía su hermano Lucho. A Santi no se le veían los pies de lo rápido que pedaleaba. Esa noche hablamos todo el tiempo de los extraterrestres y mi papá, que había comprado un globo aerostático, decidió que lo haríamos subir al cielo, así que fuimos al jardín, abrimos el globo de papel con mucho cuidado y mi papá encendió la mecha con un fósforo para que el aire caliente lo hiciera subir por los aires.

A los pocos minutos soltamos el globo, que empezó a elevarse lentamente, llevado por el viento hacia la cancha de polo y hacia la laguna.

– ¡Miren! ¡Qué alto que va! ¡Y qué luz que da!

El globo se veía como un caramelo redondo muy grande de color rojo en medio de las estrellas.

Al día siguiente hubo grandes novedades. Vinieron Inés y Luz a visitar a mis hermanas y le dijeron que la señora que cocinaba en su casa había visto un plato volador la noche anterior. Nosotros nos reímos mucho a escondidas de ellas, pero en realidad muchas personas del barrio se asombraron con el globo rojo que volaba por el cielo en la noche estrellada.

Esa tarde salimos todos los chicos a dar una vuelta en bici, acompañados por mis hermanas a caballo. Llegamos al club de polo y, en la entrada, sobre el cartel que dice “Club de Polo La Araucaria”, había pegada una hoja grande con una leyenda: “TRAIGAN SUS PERROS. PAGAMOS PRECIO EN ORO. FIRMADO: LOS BOLAZUS.”

– ¡No! –gritó Nacho. –Esto se está poniendo feo: estos tipos se quieren devorar a nuestros perros.
– ¡Ya sé! –dijo Nicolás. –Vayamos por las casas avisando que cuiden a sus perros, pero no digamos que son extraterrestres porque no nos van a creer.

Así que fuimos avisando casa por casa que cuidaran a sus mascotas porque había personas que estaban robando perros para comérselos. La gente nos miraba extrañada, pero como se trataba de chicos, nos dieron las gracias y nosotros cumplimos nuestra misión.

Yo no sé si era casualidad, o que yo prestaba más atención que antes, pero me parecía que los perros ladraban inquietos. ¿Intuirían que los querían comer? Todos los chicos habíamos atado a los perros de nuestras casas por si acaso los viajeros del espacio quisieran secuestrarlos.

Esa noche, después de cenar, nos reunimos en casa para ir hasta la cancha de polo a ver si podíamos observar algún movimiento extraño. Estábamos todos bien preparados. Yo llevaba un taco de polo. Agustín se había provisto de un palo de jockey y Nacho y Lucho recurrieron a dos palos de escoba. Salimos en caravana los cuatro ciclistas en una noche bastante despejada. La luna nos permitía vernos las caras y habíamos decidido no llevar linternas para no alterar a los extraterrestres, si estaban allí.

Los perros del barrio ladraban cada vez más. Cuando llegamos, vimos un fuego a lo lejos, en el otro costado de la cancha. Alrededor del fuego se veían unas figuras de baja estatura vestidas con túnicas blancas. Uno de los extraterrestres intentaba agarrar a un perro blanco.

– ¡Son ellos! –gritó Nacho.

El grito fue tan fuerte que los enanos lo escucharon. De pronto, los perros del barrio dejaron de ladrar y se hizo un silencio de muerte. ¡Nos habían descubierto!

– ¡Escapemos! –ordenó Lucho, mientras subíamos a las bicis para emprender la retirada.

Pero ¡PUM! Agustín se cayó en la zanja repleta de agua.

– ¡Vamos, vamos! –le decía yo, mientras lo ayudaba a trepar a su bici embarrada.

Mientras pedaleábamos como locos, veíamos detrás nuestro a los enanitos que nos perseguían.

– ¡Vamos que llegamos! ¡No nos dejemos comer por esos horribles bolazus!

Al fin llegamos a casa muy asustados y entramos a tomar agua. Al rato salimos al jardín y nos asomamos a la calle, pero no vimos a nadie. ¡Qué susto que nos pegamos! Esa noche hablábamos solamente de los extraterrestres y de lo que íbamos a hacer para que se fueran de allí. Nicolás trajo el radiograbador al dormitorio y cuando iba a encenderlo vio que había un casete en el aparato.

– ¿A ver qué tiene?
– Shuuu, uuuuuuu, shhhhhhhhhh, ¡atención terrícolas, somos extraterrestres, del planeta Bolazus Cósmicus, y queremos aterrizar en Lobos, en la cancha de polo….¡Terrestres, respondan! ¡Estamos a mil metros de altura!...
– !Nos engañaron! Era una grabación. ¡Fueron mis hermanas! ¡Ahora van a ver!

Estábamos enojados y, además, humillados, porque se habían burlado de nosotros.

– Bueno –dijo Agustín–, vamos a planear la venganza.

Sacamos un bolso del placard y pusimos unas viejas sábanas adentro y, sin decir nada, nos fuimos de nuevo a la cancha de polo, pero esta vez dimos un rodeo por el campo que está detrás del club y entramos por ahí sin hacer ruido. Nos escondimos detrás de unos eucaliptos muy grandes y allí nos pusimos las sábanas encima. También habíamos llevado unas linternas que encedimos, detrás de las sábanas, a la altura de la panza y, al decir “¡Listo! ¡Ya!” salimos corriendo hacia nuestras hermanas con sus dos amigas, que estaban sentadas junto al fuego, muertas de risa por el susto que nos habían dado.

– ¡Uyyy! –gritó María José.–¡Dios mío!
– ¡Vayámonos de acá! –pidió Belén. –¡Son espantosos!

Las cuatro salieron gritando ¡auxilio! con todo el aire que tenían en sus pulmones. Nosotros esperamos que se fueran y nos tiramos al piso de la risa. Pero al instante nuevamente los perros dejaron de ladrar y otra vez ese silencio de muerte que ya nos era familiar. Algo estaba pasando. De repente miramos al cielo y allí estaba. Una luz brillante se acercaba más y más hacia nosotros.

– ¡No puede ser! ¡Huyamos!

Dejamos las sábanas y las linternas tiradas en el pasto y salimos en busca de las bicicletas.

– ¡Rápido que esto sí es serio! –gritaba Lucho.

Llegamos a nuestra casa en menos de un minuto. Allí estaban nuestras hermanas con sus amigas, muertas de miedo. Al vernos tan asustados sintieron lástima y nos contaron lo que habían tramado. Nosotros también les explicamos que les habíamos devuelto el chiste, pero muy rápido, porque lo que queríamos decirles era que en la cancha de polo, de verdad, ¡estaba bajando una nave extraterrestre!

– Vamos chicos, la broma ya pasó.

Y no nos creyeron.
A la mañana siguiente corrimos todos al club de polo y ¿qué encontramos? Donde habían quedado las linternas y las sábanas se veían restos de huesos de animal con un papel pegado que decía: “MUY RICO. GRACIAS.”
Alvaro García Mendez