Ilustración de Dolors Todolí Bofí

martes 29 de noviembre de 2011

CUENTO DE ANA GRACIA JAUREGUIBERRY










CUENTO AUNQUE ME  MOJE QUE NO SE ENOJE
Esta historia le sucedió al señor Sequeja y su familia. Siempre había alguna situación que los impacientaba. A la señora no le gustaba hacer mandados y cargar con las bolsas desde el supermercado que quedaba frente a su casa.
– Me salen callos en las manos –repetía.
A su marido le encantaba comer ricos manjares, pero había un inconveniente, no le gustaba sentir aroma a comida en los ambientes. Entraba a su casa frunciendo la nariz:
– Um fuuu, hay un exquisito olor a pollo arrollado, ¡pero abran las ventanas o me voy a comer a otro lado!
Muchas veces se iba a almorzar a la vereda o a caminar por la plaza mientras comía ensalada.
– ¿Qué hace don Sequeja? -un conocido le preguntó.
– De mi casa he disparado, el olor a lechuga casi me ha ahogado.
Ni pensar en ir a comer a sofisticados restaurantes o puestos de comida destartalados, ¡todos de su desagrado!
En cuanto a la hija de los Sequeja, durante las vacaciones -en la sierra o en el mar- esperaba ansiosa que terminaran porque deseaba a la escuela regresar.Una vez en el aula no había quién la soportara. Si la maestra leía un cuento ella decía:
– ¡Ya lo sé de memoria, es una historia que me hace bostezar!
Si la actividad era sencilla, regañaba:
– ¡Esto es para recién nacidos!
Si la situación se complicaba, llorisqueaba:
– ¡Nii mi paapá lo saabe haceerr! ¡Buuaahh!
– ¡Nada le viene bien señorita Sequeja! –le dijo un día la maestra.
Llamaron a los padres a reunión para encontrar una solución. El señor Sequeja se sentó en un sillón de la dirección y pidió que le trajeran unos almohadones porque el asiento era muy bajo, luego habló tapándose la nariz:
– Disculpe señorita, pero no soporto el olor a desinfectante que hay en este lugar.
Entonces los hicieron pasar a la biblioteca, pero allí la que se tapó la cara completa fue su esposa:
– ¡Qué contrariedad, tendremos que ir a otro lugar porque no tolero el olor a libros viejos!
Así pasaron por la secretaría, los baños, la cocina, el cuarto Guardalotodo y terminaron debajo de la escalera, un lugar que les resultó especialmente cómodo, aunque la maestra terminó con tortícolis por mantener apretada la cabeza entre dos escalones. La reunión finalizó cuando estaba por empezar. La maestra, después de mucho pensar, en el acta sólo una frase escribió: “lo que se hereda no se roba”.
Las mascotas de la casa habían adoptado el apellido Sequeja. Por eso la tortuga no toleraba que el perro ladrara, y éste no se explicaba porqué no podía jugar con ella a hacer salto en alto. La tortuga pensaba que el perro era muy acelerado, que iba de aquí para allá y sin ningún motivo se agotaba.
Las quejas de esta familia eran de las más variadas, pero había algo en especial de lo que todos los Sequeja se quejaban por igual: de las visitas de la señora Lluvia.
– ¡Otra vez viene por acá! ¡Deja la casa sucia con sus pisadas! –protestaba la mamá.
– ¡Ay no, que si me mojo un resfrío me voy a agarrar! -gruñía el perro.
– ¡Esta señora me trae tristeza y pocas ganas de ir a trabajar! -decía el papá con voz de bebé.
– No quiero ir a la escuela con botas de goma, pero si me quedo ¿qué hago, a qué juego? ­–se preguntaba la más pequeña de los Sequeja.
– ¡Se inunda el jardín, no se enteró esta señora que no vivo en el agua! –y a la tortuga le agarraba el apurón para esconderse en el galpón.
La Lluvia escuchaba cómo todos rezongaban por su visita pero igual regresaba cada tanto, hasta que un día se ofendió. Anotó en su cabeza de nube la dirección de aquella familia tan particular y, entre truenos y relámpagos, se la escuchó decir:
– ¡Nunca más vendré por acá!
El primer tiempo los Sequeja ni se dieron cuenta de la ausencia de la Lluvia, porque estaban muy ocupados protestando por todo lo que ocurría a su alrededor. Un día se quedaron asombrados mirando como la señora Lluvia visitaba a todos, pero a ellos los salteaba. Se alegraron de que su casa fuera la única sin olor a humedad, ni barro en el jardín, ni gotitas que llorasen sobre la ventana trayendo nostalgias al señor Sequeja.
Pero al primer tiempo, le siguió el segundo y el tercero. Las paredes de la casa se agrietaron, las baldosas se elevaron del suelo porque no soportaban el calor y desde el Nogal hasta el Duraznero arrastraban las ramas imitando al Sauce Llorón.
– Tengo fiebre -suspiraba el señor Sequeja.
Y el perro usaba la lengua de alfombra.
El día que las tejas se pusieron más rojas que de costumbre y de cada una salía una leve llama que quería unirse a los brazos del sol, los Sequeja reclamaron:
– ¿Por qué no viene la Lluvia a visitarnos?
Pero cuanto más rezongaban, menos respuestas recibían.
Desde entonces pasan las horas danzando en honor a la Lluvia y dicen palabras mágicas que una sabia bruja les confió. Ni llorar pueden, porque hasta las lágrimas se les secaron y esperan, sin quejarse, que a la señora Lluvia se le pase el enojo antes que de la Tierra salga el Dragón de Fuego y, en un abrazo fulminante, se una al Sol.

4 comentarios:

Ali( Hechicera ad-hoc) dijo...

No podría ser más delicioso!!

Maria Rodriguez Frascara dijo...

Hoy este cuento encantador lo leo en mi programa de radio. gracias por difundir!!
María.

Maridé dijo...

Es un placer poder difundir la lij

Adriana Alba dijo...

Felicitaciones a La fábrica de cuentos.

Y por supuesto a su autora Ana Gracia, excelente escritora y mejor persona.

Un cálido abrazo.